Columnas

Viernes 21 de octubre 2011

La caridad como síntoma de la injusticia social

“Hay mucha gente que está dispuesta a hacer obras de caridad, a fundar un colegio, un club para sus obreros, a darles limosna en sus apuros, pero que no puede resignarse a lo único que debe hacer, esto es, a pagar a  sus obreros un salario bueno y suficiente para vivir como personas”.

San Alberto Hurtado S.J.

El último estudio de voluntariado realizado este año por la Fundación Trascender, reveló que un 67% de los encuestados considera que Chile es un país solidario y también un 67% se cataloga como una persona solidaria. Asimismo, un 81% señaló que los chilenos somos más solidarios cuando se produce una catástrofe nacional y un 93% realiza algún tipo de donación en dinero.

En el mismo sentido, es fácilmente apreciable que nuestro país tiene una enorme cantidad de emprendimientos sociales que abordan diversos temas como la salud infantil, la falta de vivienda, el acceso a oportunidades, la igualdad de género, la contaminación al medio ambiente, la educación diferencial, etc. Incluso, algunos como “Un Techo Para Chile” han logrado ser exportados (“Un Techo Para mi País”).

También, un gran número de jóvenes participa de la actividad voluntaria, pero han logrado ir más allá  aprovechando sus habilidades y aprendizajes universitarios para crear proyectos que resuelvan problemas sociales de manera innovadora.

Por otro lado, se suele hablar de Chile como un ejemplo de estabilidad económica en Latinoamérica y, sin duda, nuestro crecimiento ha sido positivo y la categoría de “país desarrollado” pareciera no ser tan lejana.

Lamentablemente, estas cifras contrastan con la desigualdad predominante que de acuerdo a la OCDE alcanza un Gini (en ingresos) de 0.5 [1], el peor evaluado de todos los miembros de esa organización. Asimismo, la última encuesta CASEN mostró que en ingreso autónomo per cápita del hogar (sin tomar en cuenta las transferencias monetarias del Estado), el decil más rico gana casi 46 veces más que el decil más pobre, una cifra alarmante.

Además, el mismo estudio de la Fundación Trascender muestra que las donaciones de las personas cayeron de $5.463 promedio a $2.639 con respecto al estudio anterior (2009), siendo el grupo ABC1 el que más bajó sus aportes (de 9.171 a $3.706). Además, dentro de las razones para no donar, la principal fue la desconfianza en las personas o instituciones que piden dinero.

Una primera impresión es que el crecimiento económico no es lo mismo que el desarrollo y de hecho, siguiendo la clásica analogía, la torta puede seguir creciendo, pero el pedazo más grande se lo llevará un grupo pequeño. De esta manera, hemos progresado económicamente, pero no en términos de igualdad y en esta dinámica la sociedad civil a tomado protagonismo para hacerse cargo del problema. Esto se ha traducido en una enorme cantidad de organismos sociales insertos en una especie de mercado de la solidaridad, donde estas instituciones deben invertir en costosas campañas publicitarias para poder captar voluntarios y donantes, generando competencia y no colaboración. Hoy esta situación es cada vez más compleja, ya que, como hemos visto en la prensa, la falta de recursos ha provocado que instituciones históricas como el Hogar de Cristo cierren hogares y despidan a parte de sus funcionarios.

Ya lo decía San Alberto Hurtado hace más de 60 años “la injusticia causa enormemente más males que los que puede reparar la caridad” y hoy pareciera ser así ya que pese a los múltiples intentos de fundaciones y ONG, de la proliferación de área de Responsabilidad Social en las empresas y los esfuerzos del Estado en políticas sociales, hemos fracasado rotundamente en crear un país justo y la caridad se ha transformado en un síntoma de la desigualdad. Entonces¿De qué nos sirve llamarnos un país solidario si al mismo tiempo somos injustos? ¿Cómo se explica que teniendo tantas organizaciones sociales la brecha entre ricos y pobres sea tan grande y no disminuya?

La respuesta se basa en que hemos creado un complejo, llamativo e incluso exportable sistema de caridad, la pantalla perfecta y el mejor argumento para  creer que estamos siendo justos cuando lo único que hemos creado es resentimiento social. Qué irónico es crear una fundación pero ser incapaz de dar un sueldo justo; dar plata en la calle, pero mirar hacia abajo a quienes tienen menos. Desde mi punto de vista, lo peor de todo es hablar de los pobres como si fuera una enfermedad, una raza distinta, entes que sólo sufren, que no piensan, que no opinan. Nuestro modelo de caridad ha puesto al pobre como un ser desvalido, al que debemos llevar soluciones prediseñadas por quienes tienen una mejor situación económica y educacional y en esta lógica paternalista, el principal resultado ha sido la conservación del status quo. Más grave aún, creímos que nuestro modelo era perfecto, que éramos un ejemplo para el mundo con casos como la Teletón y la ayuda post terremoto, nos sentimos buenos y no olvidamos de ser justos. Hoy, el malestar social iniciado desde el conflicto estudiantil, representa la inconsistencia del sistema y el cansancio acumulado de una sociedad que ya no tolera nuestra marcada inequidad.

En mi opinión, debemos avanzar desde un modelo de la caridad a uno de la justicia y acá el emprendimiento y la innovación son claves para generar soluciones  que involucren a toda la sociedad y que, por sobre todo, consideren como un actor activo y participativo a quienes se pretende ayudar. Lejos de culparnos los unos a los otros constantemente, comencemos a ver que todos tenemos diferentes ventajas que, en conjunto, pueden generar soluciones más efectivas y justas. Para ello, primero debemos aceptar que la injusticia es una característica importante de nuestro país, quitarnos la máscara de buenos, dejar la caridad en un segundo plano y comprometer a todos los actores en esta labor.

Entonces, dejémonos de discursos y construyamos emprendimientos e innovaciones sociales donde situemos  la colaboración e integración como medios y la justicia como fin.


[1] Siendo 0 perfecta igualdad y 1 perfecta desigualdad.

Nicolás Monge
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Coordinador del Laboratorio de Emprendimiento e Innovación Social (LEIS), Centro de Políticas Públicas UC. Psicólogo Educacional PUC, Diplomado en Desarrollo Organizacional PUC. Magister(c) en Políticas Públicas, Facultad de Economía y Negocios de la U. de Chile.

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